Page 304 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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elevaba algo más al norte. El lago estaba rodeado por

            laderas  escarpadas  y  cubiertas  de  robles,  castaños  y


            avellanos. Resguardado por ellas, los vientos casi no lo

            alcanzaban, y su superficie reflejaba la faz de la luna y

            la larga cola de Ícaro con la quietud casi sobrenatural


            de un espejo.


                  —Lacus Nemoris —le informó Gayo—. También lo

            llaman el Espejo de Diana. Por la orilla este del lago, a


            su derecha, corría una larga riada de antorchas que se

            dirigían  a  una  terraza  situada  bajo  un  escarpe  más

            pronunciado  en  la  vertiente  este,  a  unos  seis  o  siete


            estadios  de  ellos.  También  había  hileras  de  luces

            bajando por las laderas del norte y del oeste, y todas

            ellas confluían hacia el mismo sitio.



                  Bajaron la cuesta tan sólo con la luz que les brindaba

            el cielo, como buenos soldados, y llegaron a la orilla del

            lago.  Había  cientos  de  personas  caminando  al  borde


            del  agua.  Como  el  sendero  era  estrecho,  se  detenían

            cada pocos pasos y esperaban con paciencia a que la


            cola  se  pusiera  de  nuevo  en  marcha.  Gémino,  el

            centurión  que  había  azotado  a  los  tres  legionarios

            libertinos,  abrió  los  brazos  para  despejar  un  camino


            entre la gente. Cuando alguno se hacía el remolón, le

            animaba golpeándole como al descuido con el astil del

            pilum mientras decía:


                  —¡Paso al noble tribuno de Roma Gayo Julio César!



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