Page 308 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 308

tan arcaico que Néstor no lo entendió.


                  —Ese hombre tiene que llegar al roble y arrancar de

            él una rama dorada de muérdago —explicó Gayo—. Si


            lo consigue, se convertirá en el Rey del Bosque.


                  Néstor asintió. Como tantas otras cosas que veía en

            lugares  en  los  que  se  suponía  que  no  había  estado


            nunca, todo aquello despertaba en él una sensación de

            vaga e incómoda familiaridad que se le escapaba entre

            los dedos.


                  El hombre empuñó la espada y miró a su alrededor


            frunciendo el entrecejo, como si sopesara la posibilidad

            de abrirse paso a tajos entre la gente y escapar en la


            noche.  Aunque  no  parecía  gozar  de  muchas  luces,

            debió darse cuenta de que era mejor afrontar la prueba.

            Tras escupir a un lado y hacer un gesto apotropaico con


            la mano izquierda, atravesó el círculo de antorchas y

            echó a trotar hacia el gran roble.


                  Debía de haber unos treinta pasos hasta el árbol. Al


            ver  que  el  prisionero  ya  casi  estaba  bajo  su  copa,

            empezaron  a  oírse  entre  la  gente  susurros  e  incluso

            algunos gritos de ánimo. En ese momento, de entre los


            árboles que crecían bajo la ladera surgió una sombra.

            Alguien  gritó:  «¡Mirmidón!».  Se  oyeron  gemidos

            ahogados y más voces de aliento para el esclavo, que


            miró a su derecha y aceleró el paso. Cuando estaba a

            punto  de  alcanzar  el  tronco  del  roble,  la  sombra  se


                                                              308
   303   304   305   306   307   308   309   310   311   312   313