Page 312 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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El Rey del Bosque retrocedió lentamente,
caminando de espaldas y sin mirar atrás hasta
detenerse a diez pasos de su roble. Los prisioneros se
separaron, formaron un círculo a su alrededor y
después empezaron a cerrarlo. Ninguno de ellos
intentó correr hacia el árbol para arrancar la rama de
muérdago; al parecer habían acordado que les
convenía acabar primero con el viejo rey y sólo
entonces decidir por las armas quién de ellos habría de
ser el nuevo sacerdote del templo. Tras el silencio
anterior, los murmullos empezaron a subir otra vez de
volumen y se escucharon nuevos gritos de ánimo e
insultos contra Mirmidón. Algunos imitaban el aullido
del lobo y otros el balido del chivo. También se oían
gritos histéricos, y había gente que empezaba a dar
brincos en el suelo o a agitar las antorchas en el aire.
Los seis candidatos habían cerrado ya el círculo y
estaban a poco más de dos pasos de Mirmidón, que
seguía con los brazos pegados a los costados como una
estatua egipcia.
—Allá va —susurró Gayo, que lo observaba todo
sin pestañear.
Fuera porque había leído la mente de Gayo, o
porque Gayo se la hubiera leído a él, el hombre que
empuñaba el bieldo se lanzó al ataque y los demás lo
secundaron.
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