Page 313 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Néstor tuvo la sensación extraña de que algo de lo

            que estaba viendo no cuadraba, de que sus sentidos le


            estaban engañando como sucede con la vista cuando se

            introduce un palo en el agua. Cuando la horca se acercó

            a su cara, Mirmidón movió apenas la cintura, en un


            movimiento que ni siquiera pareció rápido, y estiró el

            brazo derecho. Las púas del bieldo rozaron los cabellos


            del Rey del Bosque mientras que la espada de éste se

            hundía en la axila del atacante. El hombre se desplomó,

            y si gritó, su voz quedó ahogada por los rugidos de los


            asistentes al salvaje ritual. Mirmidón sacó la espada, se

            volvió a su izquierda y dobló la rodilla en tierra, de tal

            modo que el hachazo destinado a decapitarle silbó por


            encima  de  su  cabeza.  Al  mismo  tiempo  volvió  a

            extender el brazo, pero a Néstor se le antojó que no lo

            hacía con la furia de un guerrero que tira una estocada


            a  matar,  sino  con  la  fría  concentración  con  la  que  él

            mismo clavaba el bisturí para reventar una ampolla o


            un  forúnculo.  Cuando  la  espada  de  Mirmidón  se

            hundió en la ingle de su atacante, éste cayó de espaldas

            y empezó revolcarse entre alaridos.



                  Con  la  fluidez  casi  apática  de  un  instructor

            explicando los movimientos de esgrima a sus soldados,

            Mirmidón  volvió  a  extraer  la espada,  se  incorporó  y


            con la mano izquierda detuvo en el aire la muñeca de

            un nuevo atacante, el tercero. Pero en vez de herirle a




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