Page 35 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 35

diez  mil  veteranos  recién  retirados  del  servicio  a  los

            que  guiaba  Crátero,  el  general  más  prestigioso  del


            ejército macedonio. Padre e hijo se habían cruzado en

            el camino real que unía Susa con Sardes. Hipomenes

            lloró al ver al hijo a quien recordaba como un crío de


            cinco años, y Lisanias se emocionó al escuchar de sus

            labios  las  batallas  en  que  había  tomado  parte;  pues


            Hipomenes,  quizá  con  buen  criterio,  había  decidido

            contar a su hijo los episodios gloriosos y ahorrarle el

            relato de las penurias, las miserias, las matanzas y las


            brutalidades.


                  Una vez llegado a Babilonia, las primeras tareas que

            Lisanias  compartió  con  sus  camaradas  no  fueron

            demasiado heroicas: llevar agua y alfalfa a los caballos


            de  Alejandro,  almohazarlos,  montar  guardia  en  la

            puerta de su alcoba para vigilar su sueño, seguirle a pie


            en las cacerías y, en general, hacer de recadero. Incluso

            llevaba a las lavanderas la ropa del rey para después

            recogerla,  doblarla  y  guardarla  en  los  arcones,  pues


            Alejandro,              siguiendo              la      tradición            macedonia,

            consideraba que tener esclavos a su lado era rebajarse


            y que a un monarca sólo debían servirle hombres de

            sangre  libre  y  noble  como  él.  Cuando,  allá  en

            Macedonia,  algún  joven  se  quejaba  por  desempeñar


            labores  humillantes,  Leónidas,  el  viejo  instructor,  le

            aplicaba la verdasca en las costillas y le sermoneaba, lo




                                                              35
   30   31   32   33   34   35   36   37   38   39   40