Page 314 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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él  golpeó  hacia  atrás  como  si  tuviera  ojos  en  la

            coronilla.  La  punta  de  su  espada  se  clavó  bajo  el


            mentón del cuarto adversario y le asomó por la nuca.

            De  nuevo,  con  aquella  engañosa  lentitud,  la  espada

            giró en el aire y bloqueó el tajo del quinto atacante. Fue


            la única vez que se oyó el repicar del metal. Mirmidón

            flexionó  su  brazo  izquierdo  para  tirar  del  tercer


            atacante y lo lanzó contra el quinto. Durante el instante

            en  que  ambos  prisioneros  tropezaron  y  trataron  de

            apartarse,  el  Rey  del  Bosque  se  volvió  y  traspasó  el


            pecho  del  sexto  con  su  hoja;  fue  un  movimiento  tan

            breve,  entrar  y  salir,  que  ni  la  misma  víctima  debió

            darse cuenta de por qué estaba muerto.


                  Cuando  los  dos  enemigos  que  quedaban  se


            desenredaron a trompicones de su abrazo y vieron la

            escabechina  que  había  organizado  Mirmidón  en


            cuestión de segundos, el valor que habían acopiado en

            su  breve  conciliábulo  les  abandonó  y  salieron

            corriendo.  Uno  de  ellos  decidió  huir  hacia  el  roble.


            Mirmidón se agachó para recoger el bieldo caído en el

            suelo  y  lo  lanzó  con  la  mano  izquierda  como  una


            jabalina. El bieldo trazó una breve parábola en el aire,

            cayó sobre el fugitivo y le atravesó los riñones.


                  El  último  superviviente  llegó  hasta  el  círculo  de

            antorchas,  pero  allí  se  encontró  con  una  muralla  de


            antorchas,  cuchillos  y  horcas  puntiagudas  que  le



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