Page 315 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 315

impedían salir. Retrocedió con los ojos muy abiertos y

            los brazos extendidos, como si no entendiera por qué


            sus  congéneres  le  rechazaban.  Mirmidón  siseó  a  su

            espalda. El hombre se volvió, cayó de rodillas, dejó caer

            el machete al suelo y acercó ambas manos a la altura de


            su pecho para juntar las palmas implorando piedad.

            Pero algo le debió convencer de que su gesto era inútil


            y dejó caer los brazos. Mirmidón le agarró del pelo con

            la mano izquierda, tiró de su cabeza hacia arriba y cortó

            hacia  un  lado  con  la  espada  como  si  estuviera


            seccionando el cuello de un gorrino.


                  Mientras  su  víctima  se  desangraba  entre  pataleos

            convulsivos,  Mirmidón  arrancó  una  antorcha  del

            círculo  que  ardía  en  el  suelo  y  se  adelantó  hacia  los


            congregados. Se hizo un silencio tan espeso que podía

            oírse  el  gorgoteo  del  último  candidato  a  sacerdote


            ahogándose  con  su  propia  sangre.  —¿Alguno  de

            vosotros quiere ser el Rey del Bosque? —preguntó, con

            la voz áspera de quien lleva mucho tiempo sin hablar.



                  El hombre extendió la espada y todos pudieron ver

            que de ella colgaba un trozo de intestino. Los lugareños

            empezaron a recular, y cuando el primero dio la vuelta


            y  arrancó  a  correr  los  demás  le  siguieron.  Los

            legionarios y los caballeros que acompañaban a Gayo

            también  retrocedieron,  aunque  manteniendo  algo  de


            decoro. Pero el tribuno no movió los pies del suelo, ni



                                                              315
   310   311   312   313   314   315   316   317   318   319   320