Page 316 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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siquiera  cuando  Mirmidón  le  acercó  la  punta  de  la

            espada al cuello y la tripa eviscerada le cayó sobre el


            pie izquierdo chorreando negra sangre.


                  —¿Quieres ser el Rey del Bosque, soldado? Es muy

            sencillo. Sólo tienes que matarme. —Lo sé.


                  —Así  podrás  reinar  un  tiempo.  ¿No  es  lo  que


            quieres? Convertirte en el nuevo rey. Pero cuando lo

            hagas, no tendrás mucho tiempo para reinar. Alguien

            vendrá y te matará. Siempre ocurre así. —También lo


            sé.


                  Mirmidón  bajó  la  espada  y  encorvó  los  hombros.

            Después miró a Néstor, que sintió un escalofrío. La luz


            de  la  antorcha  bailaba  en  los  ojos  de  aquel  hombre,

            pero  por  algún  extraño  efecto  parecía  que  el

            resplandor, en vez de ser un reflejo, brotaba de ellos. Y


            cada uno era de un color, como los ojos de Alejandro.


                  —Tú  no  quieres  ser  Rey  del  Bosque  —dijo—.  Tú

            sólo quieres observarlo todo sin alterar nada, pasar por


            la vida sin manchar lo que tocas. Pero eso es imposible.


                  —Lo sé.


                  —No, no lo sabes. Lo has olvidado.


                  Néstor se estremeció de nuevo. Mirmidón le tendió

            la  antorcha  y  él  la  cogió.  Durante  unos  segundos  se


            quedó mirando su brazo desnudo, surcado de venas,

            tendones  y  músculos  fibroso  que  bajo  las  llamas



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