Page 320 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Cuando ya sólo quedaban despiertos Gayo Julio y el

            centurión,  que  aunque  daba  cabezadas  se  había


            empeñado en demostrar que él aguantaba tanto como

            su  tribuno,  los  derroteros  de  la  conversación  habían

            vuelto  precisamente  a  Babilonia.  A  Néstor  el  vino  le


            había soltado la lengua, o tal vez era por la sensación

            de compañerismo momentáneo que estaba disfrutando


            en aquel país extraño y con los enemigos de su rey. Les

            habló de sus excursiones con Alejandro por Babilonia

            en  las  primeras  semanas  después  de  su  curación.  A


            cambio  omitió  contar  el  motivo  de  tantas  andanzas,

            pues ni siquiera la locuacidad de aquel instante podía

            hacerle traicionar la confianza de su paciente y amigo.


            La verdad era que Alejandro había dejado de beber y

            por eso, como no podía conciliar el sueño y el enorme

            palacio de Nabucodonosor se le antojaba una estrecha


            jaula, tenían que salir todas las noches a recorrer las

            calles de la gran urbe del Éufrates.


                  Después  de  curarle  el  envenenamiento,  Néstor


            comprendió  que,  aunque  nadie  hubiese  vertido  un

            tóxico  en  ella,  la  copa  de  Heracles  habría  acabado


            destruyendo a Alejandro. Era de esos hombres que lo

            hacen todo de forma desmedida, y para él no había más

            alternativa que ser abstemio o beber tanto como tres


            soldados juntos. Para convencerle de que se olvidara

            del  vino,  Néstor  empezó  diciéndole  que  se  estaba




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