Page 37 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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monarca obsesionado con las obras públicas que había
ordenado levantar los Jardines Colgantes. Uno de los
lados era un mirador abierto que asomaba al patio
central, cuyas fuentes y jardines refrescaban un poco el
ambiente. Los criados habían retirado los tapices del
suelo para que los invitados pudieran sentir el frío de
las baldosas blancas y negras bajo sus pies descalzos.
El techo era alto, tanto que habrían podido montar la
guardia con las sarisas de doce codos, y el artesonado
de cedros del Líbano se veía ennegrecido por el humo
de las velas y de los pebeteros que perfumaban las
esquinas. De las paredes colgaban tapices descoloridos
que representaban escenas de conquista de
Nabucodonosor y de reyes aún más antiguos. También
había algunos más recientes en los que aparecían el
fundador del imperio persa, Ciro, y sus sucesores. El
más nuevo y de colores más vívidos era una copia del
célebre cuadro de Apeles, donde Alejandro, montado a
lomos del difunto Bucéfalo y con unos ojos tan grandes
y ardientes que daban miedo, ponía en fuga a Darío en
la batalla de Iso.
La cena había terminado para dar lugar al simposio,
y en las mesitas que rodeaban el espacio central sólo
quedaban copas de vino, y golosinas y frutos secos
para picar. Reclinados en los divanes, los comensales,
coronados con hojas y guirnaldas de flores,
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