Page 322 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 322
ambiciosa, y sus pensamientos saltaban de país en país
y de mar en mar y sobrevolaban ríos y montañas. Su
visión interior contemplaba el mundo desde tanta
altura como si viajase a lomos del cometa Ícaro. Pero
allí, en esa atalaya tan elevada sobre el resto de los
humanos, Alejandro se sentía muy solo. El vino era una
forma de embotar, de lentificar una inteligencia que
por propia iniciativa nunca descansaba, ni en sueños.
Gracias a él podía olvidarse de todo al ponerse el sol y
sentirse más amigo de sus amigos. Con el vino, las
bromas de los Compañeros le parecían más divertidas,
incluso las torpes chanzas del metepatas de Meleagro,
veía más hermosas y apetecibles a las cortesanas que
banqueteaban con ellos y, en general, el mundo le
parecía un lugar más sencillo en el que bastaba con
recordar las glorias de Gaugamela y no había por qué
preocuparse de organizar un imperio al día siguiente.
Por eso Alejandro había recurrido a Néstor, para
que sus noches no fueran eternas. El médico sabía
escuchar, aunque sólo fuera porque recién
«despertado» en Delfos tenía poco que contar. En
cambio Alejandro había vivido tanto en sus treinta y
tres años como para rellenar siete vidas. Sin embargo,
no solía hablar del pasado, salvo alguna referencia
ocasional a su amigo y amante muerto. «A Hefestión le
habría gustado esto», señalaba al ver cómo la luz del
322

