Page 323 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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ocaso se filtraba por una callejuela de Babilonia tiñendo
de rojo las ropas tendidas de una pared a otra, o «A
Hefestión no le habría gustado esto otro» al ver cómo
un mercader apaleaba con una estaca a un pobre
caballo. Pero casi siempre hablaba para hacer planes
sobre visitar nuevos países, escalar montañas más
altas, navegar el mar Hircanio, costear Arabia, recorrer
el Nilo y remontar todas sus cataratas. Y, sobre todo,
trazaba proyectos para viajar al Oeste, atravesar las
Columnas de Heracles y ver con sus propios ojos el
Océano que circundaba el mundo.
A menudo no hablaban y se limitaban a caminar,
recorriendo la ciudad sin descanso. Fue un mes
después de la llegada de Euctemón a Babilonia, el 14 de
loyo según el calendario macedonio y el 15 de duzu
según el babilonio, cuando vieron los secretos que
guardaba el Esagila, el templo de Marduk. Por aquel
entonces Icaro ya había aparecido en el cielo y la
canícula empezaba a apretar en el país de los dos ríos.
—Alejandro estaba costeando la reparación de
Etemenanki. El día en que terminaron de forrar la
última terraza con placas de oro, los sacerdotes de
Marduk, que es como llaman al Zeus babilonio, se lo
agradecieron enseñándole los sótanos del templo, unos
subterráneos cuya existencia ni siquiera sospechaba.
»Allí vimos tesoros muy valiosos. Había coronas,
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