Page 329 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Gracias a esas tablillas, Ea descubrió que debía

            abrir la cámara del tiempo, el vetusto almacén donde


            se guardaban los objetos y tesoros de las divinidades

            más antiguas, cuando el cielo y la tierra eran un único

            ser. Allí encontró la hoz primigenia que en el principio


            de los tiempos había servido para separarlos y abrir el

            espacio en el que moran los hombres, los animales y las


            plantas. Armado con la segur, Ea viajó hacia el lugar

            donde el gigante de basalto hundía los tobillos en el

            mar y se apoyaba en los hombros del dios durmiente,


            y se los rebanó con dos golpes, uno por cada pierna. La

            ingente columna de roca se precipitó sobre la tierra en

            una caída que duró tres días, y cuando chocó con el


            suelo destruyó siete ciudades, y cuando su cabeza se

            hundió en el mar levantó una ola gigante que sepultó

            otras  siete  ciudades  bajo  las  aguas.  Pero  el  gigante


            pereció,  y  Ea  consiguió  evitar  que  cielo  y  tierra  se

            unieran de nuevo. Pues lo que está separado, separado


            debe seguir por siempre.


                  —Me  gusta  cómo  cuentas  las  historias,  Néstor  —

            dijo Gayo Julio, frotándose los ojos—. ¿Qué pasó con


            esa hoz?


                  —Alejandro decidió quedarse con ella. Era evidente

            que tenía un poder mágico, pues cuando la clavó en la

            mesa  de  ladrillo  se  hundió  en  ella  como  si  fuera  de


            mantequilla.



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