Page 330 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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–¿Eso lo viste con tus propios ojos? —preguntó el
tribuno, escéptico.
–Puedes creerme. Alejandro la guardó en un cofre
de madera y me dijo: «Ahora esta hoz quedará en mi
poder. Cuando se me acaben las tierras y los países que
conquistar, nadie podrá venir con ella a cortar el puente
que construiré entre cielo y tierra».
Gayo silbó entre dientes y se llevó una mano a la
cabeza.
—Insanus sed magnificus! Te ruego que no le hables
a nadie más de esa hoz. —«Te lo ordeno», decía su
tono—. Cuando le derrotemos haré todo lo posible
para que caiga en mis manos. Será un magnífico trofeo.
Néstor se arrepintió de haber hablado de la hoz. No
sabía muy bien qué le había movido a contar, entre
todas las historias y anécdotas que conocía,
precisamente aquélla. Pero, de haber previsto entonces
las consecuencias que a la larga iban a acarrear sus
palabras, habría pensado que eran las propias Moiras
las que habían movido sus labios. Pues, mientras
oculto y silencioso entre las sombras, Mirmidón, el Rey
del Bosque, lo escuchaba todo, las diosas del destino
empezaron a tejer una trama que al final supondría el
corte de sus propios hilos.
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