Page 38 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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conversaban animadamente. Había unos veinte
invitados entre griegos y macedonios: ningún persa,
medo ni babilonio, tal vez para evitar discusiones y
celos entre los súbditos europeos y asiáticos de
Alejandro, algo cada vez más frecuente. Las únicas
mujeres presentes eran camareras, flautistas griegas y
muchachas de placer de la propia Babilonia. Casi todas
llevaban túnicas abiertas y transparentes, adornadas
con pedrería y lentejuelas de oro y plata. La más audaz
de ellas sólo vestía una red de plata con unas mallas tan
abiertas que lo dejaban ver todo, y unos coturnos sobre
cuyos tacones se balanceaba con gracilidad de
equilibrista. A Lisanias le resultaba más excitante que
si hubiese asistido completamente desnuda, y no era el
único.
Aún no estaba familiarizado con todos los hombres
que rodeaban al rey. Entre los que sí conocía estaba
Pérdicas, jefe de la caballería de los Compañeros. Era
un hombre alto, atlético, que conservaba los rizos
trigueños de un mozo y al que la grasa aún no había
redondeado el mentón. Todos los pajes reales querían
imitar su estilo de vestirse, moverse y montar a caballo.
Lisanias, que era muy observador, se había dado
cuenta de que a Pérdicas sólo le habían rellenado la
copa una vez y que cuando se hacía un brindis se
limitaba a mojarse los labios. Eso le parecía bien: según
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