Page 338 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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caballeros tan blindados como sus monturas se
embestían con sendas lanzas que blandían usando
ambas manos. Tras el choque, uno de ellos cayó de
espaldas con un sonoro clangor de metal. Demetrio
pensó que debía de haberse reventado por dentro, pero
el caballero se levantó por su propio pie. La parte
trasera de su reluciente armadura estaba pringosa de
lodo negro, ya que habían escogido para su justa una
zona empantanada. El guerrero se quitó el casco y,
entre carcajadas, reconoció la victoria de su rival. No
era griego; por los rizos de la barba, debía de tratarse
de alguno de los súbditos asiáticos de Alejandro.
Atravesaron luego un cuadrante en el que estaba
acantonado un batallón de hoplitas macedonios.
Aunque la mayoría de las sarisas podían desmontarse
en dos piezas, los miembros de aquella unidad las
habían guardado ya ensambladas en los astilleros, sin
duda para impresionar a los demás con su altura. Por
haberse criado en la fábrica de escudos de su padre,
Demetrio siempre había tenido mucho interés en las
armas, y ahora observó con atención aquellas
larguísimas picas. Los regatones y las puntas estaban
protegidos con fundas de piel, pero pudo ver algunas
piezas desnudas, pues sus propietarios las estaban
limpiando con esmero. Para las largas varas de tejo
utilizaban trapos untados en lanolina, y aceite para las
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