Page 340 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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escribiera un discurso conmovedor contra Nicerato.
Luego sólo había que convencer al menos a la mitad
más uno de los quinientos jurados de que su causa era
justa. Claro que, para eso, tenía que reinstaurarse la
democracia, y con ella los tribunales de la Heliea, y
tomando en cuenta que...
Qué estupidez, se dijo. Estaba obrando como la
lechera de Esopo. No hacía falta tener la capacidad de
cálculo de su hermano para saber que, en un ejército de
cuarenta mil soldados, era harto improbable vencer en
un certamen de esgrima, máxime cuando no estaba
especialmente dotado para la espada.
Trató de olvidarse del asunto, aunque aquellas
veinticuatro mil lechuzas de plata se empeñaban en
revolotear como luciérnagas en su cabeza.
—¡Eh, tú, chalado, cabeza de pepino!
Aunque Demetrio sabía que aquello iba por su
hermano, volvió la mirada. Un grupo de niños les
seguía. Alejandro se empeñaba siempre en que los hijos
de los soldados, reconocidos o no, tuvieran maestros,
de modo que el abandono y la desidia no los hicieran
aún más salvajes de lo que por naturaleza son los críos.
Aun así, éstos eran unas pequeñas fieras y poseían esa
percepción especial de los niños para darse cuenta de
quiénes son más débiles o simplemente diferentes. La
pequeña tropilla de arrapiezos correteaba a unos
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