Page 40 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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camareras  que  se  acercaban  por  su  lado.  Ellas  le

            correspondían con sonrisas de compromiso y trataban


            de  escurrir  el  bulto  la  próxima  vez  que  pasaban,  no

            porque fuesen melindrosas o pudibundas, que habría

            sido  magra  virtud  en  flautistas  y  cortesanas,  sino


            porque era evidente que aquel tipo les desagradaba.


                  La  conversación  que  desembocó  en  los  romanos

            había arrancado precisamente de Meleagro. Una de las


            pocas esclavas que le hacía caso, una rolliza nubia, se

            había sentado un momento a su lado y le había puesto

            una  galleta  con  pasas  en  la  boca.  El  macedonio  la


            escupió y le dio un azote.


                  —¿Cómo se te ocurre darme cebada?


                  —No seas quisquilloso. Esas galletas están ricas —

            dijo Nearco.



                  —¡Bah! Pan de cebada, comida de asno disimulada.

            ¿No decían que aquí en Babilonia las cosechas rinden

            el doscientos por uno? Entonces, ¿cómo es que nos dan


            pienso  de  pollinos?  —Heródoto  siempre  fue  un

            exagerado  —repuso  un  hombre  calvo  que  estaba

            sentado  cerca  del  mirador—.  De  todas  formas,  él


            estuvo  aquí  hace  más  de  cien  años.  Las  cosas  han

            cambiado.  Ahora  los  babilonios  siembran  cada  vez

            menos trigo y más cebada.



                  —Ése es Eumenes —susurró el paje que estaba a la




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