Page 405 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Gayo  meneó  la  cabeza.  Tenía  un  nudo  en  el

            estómago, y no por temor. Sabía de antiguos cónsules


            que habían mandado ejércitos enteros y a los que, sin

            embargo, les temblequeaban las piernas al presentarse

            ante Papirio. Pero a él no le daba miedo el dictador, por


            formidable  que  fuese.  Su  angustia  se  debía  a  una

            convicción  que  había  ido  creciendo  en  él  durante  la


            nundina que llevaba en su casa sin hacer nada. Tenía el

            presentimiento  de  que  el  destino  iba  a  hacerle  una

            jugarreta. Cierto, había vencido a los macedonios y en


            los cenáculos se empezaba a hablar de él como el héroe

            del  momento.  Pero  precisamente  ahora,  cuando

            vislumbraba la posibilidad de medrar entre la jauría de


            depredadores purpurados que dominaban las filas del

            Senado  y  del  ejército,  temía  más  que  nunca  que

            Fortuna, Marte y Belona le fuesen esquivos.



                  —El dictador os recibirá ahora —les avisó un lictor.


                  Papirio estaba sentado en su silla plegable de marfil,

            en un pórtico asomado a poniente desde el que podía


            contemplar a sus anchas el prado donde entrenaban la

            Tercera y la Cuarta bajo los estandartes del jabalí y el

            minotauro.  Lo  rodeaban  varios  de  sus  lictores,  los


            escoltas de los magistrados superiores, una institución

            heredada de los antiguos reyes. Como dictador, Papirio

            tenía  derecho  a  veinticuatro,  tantos  como  ambos


            cónsules  juntos.  Los  lictores  eran  plebeyos  y  libertos



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