Page 406 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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escogidos por su altura y sus músculos, hombres duros

            y de gesto hierático que llevaban al hombro las fasces,


            unos gruesos manojos de ramas de abedul atados con

            cintas de cuero rojo. Dentro del pomerio las utilizaban

            para azotar a los que se oponían a la autoridad de los


            magistrados; al salir de él introducían un hacha entre

            las  varas,  pues  fuera  del  recinto  sagrado  los


            magistrados podían pronunciar sentencias de muerte.


                  Y  el  dictador  podía  hacerlo  incluso  dentro  del

            pomerio, se recordó Gayo Julio. Más le valía andarse

            con pies de plomo al tratar con Papirio, pues durante


            seis meses disfrutaría de un poder casi absoluto. Nadie

            podía apelar las decisiones del dictador.


                  Papirio despidió a sus hombres con un gesto y se


            quedó a solas en el pórtico con Gayo Julio y Escipión.

            Después se retrepó sobre la silla y se ahuecó la túnica

            para disimular la tripa. Era un hombre más alto incluso


            que Gayo y en su juventud había sido un atleta. Con

            casi sesenta años aún resistía las marchas como el que


            más; algún centurión que había sufrido su mando decía

            que era la mala bilis la que le impulsaba cuando había

            que  subir  una  cuesta.  Tenía  manos  de  labrador,  con


            dedos grandes y espatulados, y le gustaba usarlas para

            aporrear las cabezas de los díscolos sin necesidad de

            recurrir a los lictores. Su rostro rubicundo y las venillas


            de su nariz delataban lo poco que le gustaba rebajar el



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