Page 411 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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día de tu mando. Al día siguiente tenías que darle el

            relevo  al  tribuno  Apio  Claudio.  Es  evidente  que


            preferías  apresurarte  y  correr  el  riesgo  con  tal  de

            llevarte tú la gloria.


                  —¿Desde cuándo buscar la gloria es un defecto para


            un romano, señor?


                  Contestar al dictador con una interpelación como

            ésa le habría costado la vida a un soldado o incluso a

            un centurión. Pero cuando Gayo Julio pronunciaba la


            palabra  «romano»,  por  su  boca  hablaban  más  de

            setecientos años de historia de la gens Julia, primero en

            Alba y luego en Roma. En cambio, la Papiria era una de


            las gentes minores, clanes patricios de alcurnia inferior.

            El dictador soltó un bufido y apretó los puños como si


            fuera a aporrearle la cabeza con sus enormes nudillos,

            y sin duda sopesó la posibilidad de hacerlo; pero en

            lugar de golpearle se apartó un poco para coger su copa


            de  vino  de  la  mesa  y  vaciarla  de  un  trago.  Mientras

            volvía a llenarla sin mirar a Gayo, le dijo:


                  —Dime qué pasó luego, tribuno.


                  —Lo que me decidió a actuar fue que ellos no tenían


            caballería para cubrir sus flancos, y sabía que sin ella

            su formación sería lenta y pesada. Primero hablé con

            mis  centuriones  y  luego  convencí  a  mis  soldados  de


            que podíamos derrotarlos.





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