Page 412 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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No había sido tan sencillo como lo contaba. Los
legionarios, incluyendo los veteranos, habían oído
historias aterradoras sobre los hoplitas de Alejandro y
cuando vieron a los macedonios abatir sus larguísimas
picas no se mostraron muy dispuestos a cargar contra
ellos. Gayo tuvo que recurrir primero a la retórica,
después a unos cuantos insultos cuarteleros y por fin a
quitarse la capa, bajarse del caballo, embrazar escudo y
pilum y ponerse en primera fila con los astados.
Avergonzados por el ejemplo de su tribuno, los
hombres se decidieron a atacar.
Gayo omitió mencionar esa primera renuencia. Una
vez entraron en liza, sus legionarios se habían batido
con tal bravura que, si Júpiter hubiera querido
fulminarle aquel mismo día con uno de sus rayos, él
habría muerto siendo el más feliz de los hombres.
Papirio escuchó los detalles del combate
absteniéndose de hacer más comentarios mordaces.
Como militar nato, sentía gran curiosidad por conocer
todos los pormenores sobre la organización y el modo
de combatir del enemigo.
—Así que sus sarisas no sirven de nada contra una
formación más flexible —comentó al final—. Lo
sospechaba. Por eso abandonamos el despliegue en
falange cerrada hace mucho tiempo. Eso sólo sirve para
soldados cobardes que necesitan tener a un tipo
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