Page 483 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Celta, cunnilambitor, irrumo te! —le gritó
alguien, y los demás corearon su exclamación con
silbidos y carcajadas.
—¿Qué me ha dicho? —preguntó Néstor, aunque
sabía perfectamente que aquel tipo había hecho
referencias ofensivas al sexo oral.
—Por tu aspecto deben creer que eres celta y no
griego —respondió Escipión, omitiendo comentar el
significado de los insultos.
A la izquierda se levantaba un templo circular y más
allá crecía un bosquecillo. Al reparar en la mirada
curiosa de Néstor, y tal vez por hacer que olvidara los
gritos, Escipión le contó que se trataba del templo de
Vesta, una diosa casi idéntica a la Hestia griega.
Ya lo sabía, pensó Néstor. ¿Por qué tantas cosas de
Roma le resultaban familiares? ¿Cuándo había estado
allí? El caso era que nadie parecía recordarle.
En aquel templo, prosiguió Escipión, vivían las
vestales, seis vírgenes que se turnaban día y noche para
vigilar que no se apagara la llama sagrada de la ciudad
y garantizar la pureza de aquel fuego con su propia
castidad durante un largo servicio de treinta años.
Todo aquello le sonaba a Néstor, pero no así la historia
que le narró a continuación el pretor. Hacía veinte años
se había descubierto la conducta inmoral de Minucia,
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