Page 484 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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una  de  aquellas  vestales.  Dos  esclavas  del  templo

            habían denunciado que un desconocido llevaba varias


            noches entrando subrepticiamente en los aposentos de

            la vestal. El pontífice máximo, encargado de velar por

            la castidad de las vírgenes, juzgó a Minucia, consiguió


            que confesara su falta y la condenó.


                  Escipión  en  persona  había  presenciado  el  castigo.

            Tras  despojar  a  la  impía  de  sus  hábitos  de  vestal,  el


            pontífice  ordenó  que  la  azotaran  en  el  Foro  ante  los

            ciudadanos y la envolvieran en un sudario como si ya

            estuviese muerta. Después la llevaron al Viminal, junto


            a  la  puerta  Colina,  donde  los  verdugos  habían

            excavado un foso. La hicieron bajar por una escalera de

            madera  que  luego  retiraron  y,  sin  hacer  caso  de  las


            desgarradoras  súplicas  de  la  joven,  que  sólo  tenía

            dieciocho  años,  llenaron  el  foso  a  paletadas  hasta


            taparlo por completo.


                  —A veces, cuando paso por ahí, aún oigo los gritos

            de  esa  muchacha  —terminó  Escipión,  haciendo  un


            gesto para alejar el mal—. Se ha convertido en un lémur

            que aún no ha encontrado el reposo.


                  —¿Se descubrió quién era su amante?


                  —No. Ella nunca lo reveló.


                  —Heroica hasta el final.


                  Escipión le miró con las mandíbulas apretadas.




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