Page 486 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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que murió.


                  Vergüenza y no dolor, pensó Néstor, y por enésima

            vez desde el monte Circeo se preguntó si Alejandro no


            había cometido un error al decidir que aquella ciudad

            tan severa con sus propios hijos era un obstáculo para


            sus planes. Hasta un romano amigable como Escipión

            le producía una sensación de peligro inminente, como

            un cúmulo de tormenta o una cobra adormecida.


                  Bien mirado, los macedonios no eran mucho menos


            peligrosos.  Si  los  romanos  daban  la  impresión  de

            campesinos                 duros            e      inquebrantables                    recién

            urbanizados,  a  un  macedonio  no  había  que  rascarle


            mucho para sacar al cabrero salvaje de las montañas

            que llevaba dentro.


                  Que  Asclepio  me  perdone,  pero  va  a  ser  un


            espectáculo digno de verse cuando se destripen unos a

            otros, se dijo, recordando el anticipo que había visto al


            pie del Circeo.


                  Cuando  Escipión  se  llevó  a  Néstor,  como  habían

            convenido, Gayo Julio entró en su cubículo. Sobre el

            escritorio que el médico le había pedido había un cofre


            cerrado con un candado. Gayo sonrió.


                  Una de las habilidades que había aprendido en su

            infancia,  cuando  frecuentaba  a  los  perillanes  de  la


            Subura, era la de forzar cerrojos. Muy poco patricia,




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