Page 557 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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palabra a no ser que otros senadores más autorizados
se lo pidieran. En la Curia Hostilia les tocaba trepar por
las gradas hasta llegar a lo más alto, como gallinas en
un palo, pero al menos podían sentarse. Aquí, en el
templo de Juno, estaban de pie pegados a las paredes,
apretujados hombro con hombro y torciendo el cuello
si alguna columna les impedía ver al orador del
momento.
Una vez acomodado, se dedicó a mirar a ambos
lados, pues era la primera vez que entraba a aquel
templo, más pequeño que el de Júpiter, pero también
más vistoso. La estatua de la diosa era de mármol y no
de terracota, aunque en lugar de recurrir a un escultor
griego de gustos modernos la habían esculpido a la
moda arcaica, con los ojos rasgados y una sonrisa entre
maliciosa y bobalicona. Bajo su altar, en los sótanos, se
guardaban los rollos de lino con los registros oficiales;
entre ellos, las listas de magistrados donde hacía más
de cien años que no había vuelto a aparecer ningún
nombre de la gens Julia.
Pero eso estaba a punto de cambiar. Contra
Alejandro, Roma iba a poner en el campo de batalla
ocho legiones. Papirio se reservaba el mando supremo
de todo el ejército. La Primera y la Segunda les
correspondían a los dos cónsules. Escipión tenía
derecho a otra legión más, aunque probablemente se
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