Page 586 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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A no ser que él mismo diera por sentado que no era
un ser humano. A veces, cierto es, no lo parecía.
—¡Más rápido, boquerones! —les gritó un oficial de
pelotón. Si la adaptación a cualquier unidad militar
nueva resultaba siempre difícil, el caso de los hermanos
era aún peor. Estaban rodeados de macedonios, y ellos
eran no sólo griegos de pura cepa, sino además
atenienses. En el pasado, las relaciones entre Atenas y
Macedonia no habían sido malas, al menos
teóricamente. Para una ciudad que sustentaba su poder
en los trirremes de su flota de guerra y que apenas tenía
bosques, era crucial cultivar la amistad de los reyes
Argéadas para disponer de acceso a los vastos pinares
que crecían en las tierras altas de Macedonia. Pero de
puertas adentro, los atenienses miraban por encima del
hombro a sus aliados norteños, y se chanceaban de
ellos diciendo que después de invitarlos a cenar había
que sacudir los triclinios para limpiar las briznas de
paja y las cagarrutas de cabra. Luego llegó un momento
en que Filipo decidió que los recursos de Macedonia
debían ser para los macedonios, y no cejó hasta
arrancar las minas de oro del Pangeo de las garras de
los atenienses. Desde entonces, Macedonia y Atenas
habían sido más veces enemigas que aliadas.
Luego venían los problemas derivados de la forma
de ser de Euctemón. Su semblante extraño, su forma de
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