Page 593 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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haber ocupado su puesto esa noche, y se dijeron que
era un buen augurio.
Poco después, al norte del mar Hircanio, Alejandro
se empeñó en tomar una fortaleza que servía de base
de operaciones para una alianza de tribus escitas y
masagetas. En la parte oeste había una escarpada
ladera, una rampa donde apenas se hallaba abrigo
donde protegerse, y por ese lado mandó Alejandro a
los Agriopaides mientras las demás unidades atacaban
el resto de los lienzos. Los escitas los recibieron con
andanadas de flechas, y también de piedras y cascotes
que les reventaban las cabezas dentro de los yelmos
como calabazas maduras. No había manera de seguir
adelante, y los Agriopaides se habían quedado
atascados tras unas rocas a treinta pasos del muro pese
a los gritos e improperios de Leónato.
Fue entonces cuando volvió a aparecer Gorgo. Los
soldados, que bajo aquel chaparrón de proyectiles
apenas se atrevían a asomar los ojos por encima del
ribete del escudo, vieron cómo su oficial subía por la
seca ladera, desafiando los dardos enemigos con la
cabeza alta, sin tomarse la molestia de correr en zigzag
para esquivarlos. Los hombres de su pelotón se
pusieron detrás de él, y los demás formaron a ambos
lados. Subieron a paso ligero la rampa, dejando tras de
sí un reguero de cadáveres, sus propios cadáveres.
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