Page 594 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Cuando llegaron al pie de las almenas, tendieron las
escalas, treparon por ellas, se adueñaron de aquella
parte de la muralla y abrieron la puerta oeste. El resto
fue tarea fácil para los hombres de Alejandro. En el
asalto habían muerto cincuenta y dos Agriopaides, una
proporción escalofriante. Pero ni siquiera ese sacrificio
sirvió para que el rey perdonara a la unidad rebelde.
Aquella vez fue imposible disimular. Lo que nadie
había visto durante el ataque nocturno se comprobó
ahora, pues a la luz del día el yelmo beocio no podía
ocultar los rasgos de Mirtile. Los Agriopaides
encontraron una solución de compromiso: fingir que
no era una mujer. Durante las batallas, decidieron, el
espíritu de Gorgo se levantaba de su cuerpo lisiado
como una sombra del Hades, ocupaba el cuerpo de la
concubina y le infundía un ardor guerrero que
mientras duraba la batalla la metamorfoseaba en
varón.
—Así que, técnicamente —concluyó Filo—, con
nosotros no combate una mujer, sino un cuerpo de
mujer poseído por el alma de un hombre.
—¿Y vosotros os creéis eso? —preguntó Demetrio.
Filo se encogió de hombros y bajó la voz.
—Yo creo que ese espíritu debió entrar en ella
cuando nació. Por si acaso, no se lo preguntes.
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