Page 599 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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El problema era que, llevado por su nuevo empeño,

            había abandonado todas las demás tareas. Para evitar


            que tomaran represalias contra él, Demetrio hacía su

            trabajo y el de Euctemón, y por la noche acababa tan

            derrengado  que  alguna  vez  se  durmió  sin  quitarse


            siquiera las botas.


                  Una noche en que Demetrio se estaba resistiendo al

            sueño, sentado junto a los rescoldos de una hoguera,


            Gorgo se le acercó. Euctemón seguía en pie, hendiendo

            el  aire  con  sus  estocadas  y  deteniendo  ataques

            imaginarios con el escudo. Los demás soldados o bien


            se  habían  acostado  o  bien  conversaban  entre  ellos  y

            bebían vino  sin hacerle caso, acostumbrados ya a  su

            última extravagancia.



                  —¿Por  qué  haces  todo  eso?  —preguntó  la  mujer,

            sentándose en cuclillas al lado de Demetrio.


                  —¿A qué te refieres?


                  —Lo            sabes          bien.          Euctemón                lleva         días


            escaqueándose  y  tú  le  estás  cubriendo  las  espaldas.

            ¿Por qué?


                  —Es mi hermano.


                  —Eso  ya  lo  sé.  No  me  convence.  Yo  odio  a  mis


            hermanos.


                  Demetrio se volvió hacia ella. La luz mortecina de

            la hoguera suavizaba sus rasgos y hacía más carnosos



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