Page 603 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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ariete. Gorgo soltó a Demetrio con un bufido de
desesperación.
—Sí que lo es, boquerones. Hasta mañana. Y
levantaos cuando canten los pájaros si no queréis
limpiar más letrinas —añadió, con una última mirada
a Demetrio en la que a éste le pareció captar una
insinuación.
Pensó que, en cuanto Euctemón se durmiera, saldría
de la tienda. Pero cuando se acostaron, su hermano se
empeñó en dejarle el sitio del fondo, junto a la pared de
lienzo, aunque normalmente era él quien elegía aquel
escondrijo. Para colmo, en vez de caer dormido al
instante como tenía por costumbre, pues hasta para
conciliar el sueño era metódico, se quedó despierto.
Aunque Demetrio no podía verle la cara, su respiración
lo delataba, y sabía que tenía los ojos abiertos como un
mochuelo. Era increíble, pero su hermano le estaba
vigilando; nunca había hecho algo así.
Era desesperante pensar que allí fuera había una
mujer espléndida deseando estrecharle entre sus
brazos y sus muslos, y que entre la puerta de la tienda
y él se interponía un vigía que no parpadeaba. Pensó
que lo mejor era dormirse y cerró los ojos, pero el sueño
se negaba a acudir; la tienda se empeñaba en dar
vueltas, y por dentro Demetrio hervía de rabia y
frustración. Ya era bastante malo estar en el ejército, y
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