Page 638 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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relato que poseía cierto sentido, le hizo jurar por Horco

            que jamás lo revelaría.


                  Pero ahora, treinta años después de su muerte, el


            sabio  se  había  aparecido  al  más  brillante  de  sus

            discípulos,  el  que  más  se  había  apartado  de  su


            pensamiento, para susurrarle: «Cuéntalo, Aristóteles».

            Liberado por fin de su voto, el filósofo de Estagira le

            narró a Néstor el verdadero mito de Er.


                  Otras veces Platón había tenido la sensación de que


            se  alejaba  de  su  cuerpo,  y  contemplaba  visiones

            brumosas  de  sitios  desconocidos  y  remotos.  Pero  en

            aquella ocasión lo primero que pensó fue que se había


            excedido  al  mezclar  el  haoma  con  la  mixtura  de

            belladona, adormidera y beleño. Pues de pronto se vio


            fuera de su propio cuerpo, tendido en el suelo, y a su

            lado  estaba  Aristóteles,  arrodillado.  Allí  se  quedó,

            flotando dentro de la caseta, y tuvo tiempo de ver cómo


            su discípulo se levantaba para entornar una ventana y

            hasta le acercaba un espejo a la boca. Y cuando vio que


            el  muchacho  meneaba  la  cabeza  con  desaprobación,

            comprendió que había muerto.


                  Fue  entonces  cuando  un  viento  inmaterial  lo

            arrastró.  Podía  verse  a  sí  mismo  como  una  forma


            cristalina, una medusa aérea flotando bajo los rayos del

            sol, y detrás de él colgaba un hilo de luz tenue y sutil,

            un  finísimo  cordón  umbilical  que  lo  unía  con  su



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