Page 637 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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cuerpo  había  bajado.  Pero  pasaron  los  días  y  el

            supuesto cadáver no dio señal alguna de corromperse.


            Aristóteles, que siempre había sido muy observador,

            reparó  en  que  las  uñas  le  crecían  de  forma  apenas

            perceptible y las mejillas le adelgazaban un poco. Pero


            el cambio más espectacular se produjo el duodécimo

            día, cuando su cabello, que hasta entonces apenas tenía


            canas,  se  agrisó  y  se  volvió  blanco  ante  los  ojos  del

            joven discípulo.


                  Fue entonces cuando, tras proferir una especie de

            ronco estertor, el maestro abrió los ojos, y había en ellos


            una mirada de asombro y pavor que Aristóteles jamás

            olvidaría. Con voz sobrecogida, Platón exclamó:


                  —¡Recuerdo! ¡Recuerdo!


                  Aristóteles  pensó  que,  tras  aquel  prolongado


            letargo, Platón querría comer o al menos beber, pero el

            único empeño de su maestro era contarle todo lo que


            había visto antes de que alguien o algo se lo borrara de

            la cabeza. Al principio mezclaba en su narración una

            especie de extraño idioma que en realidad no era tal,


            sino  griego  deslavazado,  como  un  mosaico  formado

            por  teselas  esparcidas  al  azar.  Poco  a  poco,  sus  ojos

            recobraron cierta cordura y empezaron a enfocarse en


            lo que tenía delante, fue colocando las palabras en su

            sitio y ordenando las frases, y su discurso cobró lógica.

            Por  fin,  cuando  terminó  de  contarle  a  Aristóteles  un



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