Page 640 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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luz, una puerta superior que conducía hacia las alturas
celestiales.
Delante de ambas puertas se erguían los jueces del
infierno, gigantes con cabezas de bestia, voces como
aullidos retumbantes y miradas como espadas de hielo.
Eran los antiguos dioses, terribles e incomprensibles
para los mortales, quienes habían querido modelarlos
como seres antropomorfos para pretender que podían
manejarlos y de ese modo no sentir ante ellos el
sobrecogido pavor que ahora experimentaba Platón.
Tal vez los egipcios, con sus visiones aterradoras del
mundo de más allá de la muerte, se acercaban más a
representarlos como eran, aunque ante los ojos del
espíritu aquellos jueces resultaban infinitamente más
aterradores que la más brutal de las fieras.
Los muertos formaron en hileras ante los jueces, y
Platón se puso en la suya. Sólo entonces se dio cuenta
de que los espíritus presentaban colores más claros o
más oscuros, y de que las almas más luminosas estaban
construidas con lazos más cerrados y perfectos,
mientras que las oscuras eran como engendros, diseños
sin acabar, nudos con cabos al aire o senderos que no
conducían a ninguna parte. El juez que les había
correspondido, una especie de toro celestial con ojos
como brasas de hielo y cuernos de geometría cóncava
en cuyo interior brillaban las estrellas, separaba a un
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