Page 641 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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lado  a  unas  y  a  otras.  Las  almas  más  perfectas

            ascendían hacia la luz, pero a las otras las precipitaba a


            la puerta de las tinieblas con un mugido implacable.


                  Platón se encontró desnudo ante el dios‐toro. Había

            olvidado  el  hilo  finísimo  de  oro  que  lo  unía  con  su


            cuerpo, pero ahora el juez lo atrapó entre sus zarpas,

            tiró de él y lo acercó a sus ojos inexorables.


                  —Has intentado engañar a la muerte —dijo con una

            voz que hizo que el aire crepitara y se arrugara como


            un lienzo quemado—. Cuando llegue tu momento se te

            castigará  a  tormento  eterno  como  a  Sísifo.  Ahora

            apártate, que luego irás al Río del Olvido con las almas


            retornadas.


                  El  dios‐toro  soltó  el  hilo  del  alma  de  Platón,  que

            entre sus garras se había convertido primero en plata y


            luego  en  plomo,  y  mientras  el  filósofo  veía  cómo

            aquella hebra recobraba su color dorado comprendió


            que le había faltado poco para quedar descolgado de

            su cuerpo. Se apartó de la hilera, y vio que más allá de

            los jueces había otras dos aberturas flotando en el aire.


            Pero éstas no eran un lugar de partida, sino un punto

            de  llegada.  Por  la  abertura  celeste  de  su  izquierda

            bajaban  almas  de  cristal  convertidas  en  figuras


            geométricas,  retículas  brillantes  de  dimensiones

            cegadoras,  como  tejidos  que  hubieran  quedado

            empapados  en  la  inefable  luz  de  las  visiones  que



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