Page 645 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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aparentemente  azarosos.  Tras  dejar  atrás  Cronos

            surcaron  un  vacío  inmenso,  una  infinitud  de  frío  y


            nada, volando cada vez más veloces hasta llegar por fin

            a la gran bóveda, la inmensa esfera negra que giraba

            majestuosa  arrastrando  en  su  revolución  todas  las


            estrellas del firmamento.


                  Su viaje estaba a punto de terminar. Al acercarse a

            la  cúpula  sidérea,  el  eje  del  Cosmos  se  ensanchaba


            hasta unirse en tangente con ella. En aquel lugar, que

            no estaba ni dentro ni fuera de la gran esfera, se detuvo

            el fluir de las almas, y todas juntas, las de luz y las de


            fango,  se  mezclaron  y  giraron  en  un  alborotado

            remolino  alrededor  del  centro.  Platón  quedó

            suspendido sobre aquel vórtice en el que se revolvían


            la  belleza  y  la  fealdad,  la  virtud  más  excelsa  y  la

            depravación más monstruosa, el valor del guerrero que


            moría  por  su  patria  y  la  cobardía  abyecta  del  que

            arrojaba el escudo y traicionaba a sus compañeros.


                  Pero los ojos de su mente ya no miraban al torrente


            de las almas. Allí, en el capitel de la gran columna del

            Cosmos,  formando  los  vértices  de  un  triángulo

            equilátero, había tres criaturas de luz y vapor, seres de


            formas  fluctuantes,  nubes  plagadas  de  apéndices

            sinuosos que se volvían de dentro afuera y de fuera

            adentro.


                  De la boca de una de aquellas criaturas, parecida a



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