Page 644 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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celestes, y que ese eje mantenía en su sitio todas las
partes del Cosmos así como el cable maestro mantiene
bien unida la tablazón de una nave de guerra.
Una por una, Platón cruzó con las almas las ocho
esferas cristalinas que componen el Cosmos. Primero
atravesó la esfera lunar, y al hacerlo sintió un
momentáneo vacío, como si alguien le hubiera extraído
la esencia de su alma y se la hubiera devuelto al
instante. Miró hacia abajo y vio a sus pies la Tierra, tan
lejos que se veía perfectamente todo su contorno.
Distinguió mares, tierras e islas, pero no pudo ver a los
hombres ni sus ciudades, y se dio cuenta de lo
insignificantes que son las obras humanas.
Llegado a la región del éter inmortal, atravesó
después la esfera en la que estaba encastrado el Sol.
Pero Helios se hallaba en el cinturón del zodiaco, casi a
un cuadrante de circunferencia de ellos, tan lejos que
su luz no alcanzaba a cegarlos. Platón volvió a notar
esa extraña sensación; podía traspasar las esferas
porque éstas eran como la membrana de una pompa en
el aire, o tal vez porque la materia de las almas era lo
bastante sutil para atravesar aquel cristal perfecto.
A continuación cruzaron las esferas de los cuerpos
errantes, Hermes, Afrodita, Ares, Zeus y Cronos, y
cada una de ellas estaba rodeada por otras esferas de
ejes excéntricos que causaban sus movimientos
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