Page 651 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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mucho tiempo.
Néstor dio a Aristóteles una buena dosis de jugo de
amapola y lo dejó dormido. Pese a la droga, la
respiración del anciano era entrecortada. Su pecho
descarnado subía un poco y se quedaba quieto, como
reacio a desprenderse de aquel aire tan precioso que tal
vez no sería capaz de volver a introducir en su cuerpo;
después lo soltaba con un silbido y volvía a empezar.
Néstor se preguntó si el sabio de Estagira vería otro
amanecer y salió de la estancia.
La música había cesado, y las voces que se
escuchaban eran destempladas; quizá entre los
asistentes había surgido alguna discusión
desagradable y el vino les había terminado de caldear
los ánimos. Pero cuando Néstor entró en el patio, vio
que muchos de los invitados se habían ido ya, y otros
se apresuraban a recoger sus estolas y sus mantos de
verano para marcharse. Habían quitado las mesas, y al
lado de la alberca, Gayo Julio le gritaba a un hombre de
pelo gris, tan alto como él y mucho más corpulento,
vestido con una toga purpurada. El tribuno señalaba
con el dedo a su interlocutor y por un momento pareció
a punto de agredirle, pero Escipión y otro invitado lo
contuvieron.
Sólo entonces reparó Néstor en que el peristilo
estaba plagado de lictores. Cuando trató de acercarse a
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