Page 652 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Gayo Julio para comprobar qué pasaba, dos de ellos le

            salieron al paso y le aferraron por los codos. Intentó


            zafarse de ellos, pero un tercero se acercó y levantó sus

            fasces en gesto amenazante; entre las varas de abedul

            asomaba la cabeza negra de un hacha afilada, y Néstor


            comprendió  que  el  hombretón  con  el  que  estaba

            discutiendo Gayo Julio era el dictador de Roma.


                  También  tenían  apresada  a  Clea;  ella  debía  haber


            forcejeado con más empeño que Néstor, porque se le

            había caído el fino manto amarillo y se le había soltado

            el moño sobre un hombro. Uno de los lictores, un tipo


            casi tan alto como el dictador y que no tendría menos

            de sesenta años, golpeó el suelo con sus fasces y exigió

            silencio. Otro hombre vestido con toga y con la cabeza


            cubierta se adelantó y declamó con voz solemne:


                  —Yo, Publio Sempronio Tuditano, en nombre de los

            decenviros para las cosas sagradas, declaro que hemos


            abierto  los  sótanos  del  templo  de  Júpiter  Óptimo

            Máximo  y  el  arca  de  piedra  que  contiene  los  Libros


            Sibilinos.  Siguiendo  el  procedimiento  de  las  sortes,

            hemos abierto al azar los libros y la respuesta de los

            dioses es la siguiente: Roma sólo se purificará cuando


            se entierre vivos en un campo regado con sangre a dos

            extranjeros recién llegados que son una mancilla para

            la ciudad, una mujer griega y un hombre celta.


                  —¿Y los habéis abierto al azar? —dijo Gayo Julio—.



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