Page 661 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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nunca pensaba en esas cosas.


                  En cambio, a Neo siempre le había obsesionado la

            muerte, desde que siendo muy pequeño llegó a casa la


            noticia de que su padre había perecido en Italia. No se

            acordaba de él. Sabía, por lo que le habían contado, que


            había estado en Epiro cuando él tenía unos meses, en

            uno de los viajes invernales que realizaba desde Italia

            cuando el mal tiempo interrumpía durante unos meses


            las campañas militares. Y, como Neo ya sabía de sobra

            de  dónde  venían  los  niños,  sospechaba  que  Cadmia

            había sido engendrada en ese lapso de tiempo.


                  Pero lo que sí conservaba era la visión de algo que


            ocurrió  meses  después,  el  primer  recuerdo  del  que

            tenía  conciencia.  Él  estaba  tumbado  en  la  cuna.  Su


            madre,  vestida  con  una  túnica  verde  y  el  cabello

            recogido con una cinta a juego, se inclinaba sobre él y

            le  hacía  cosquillas  en  la  tripa.  En  ese  momento  una


            mujer le entregaba un papiro con lacre rojo y ella lo

            desenrollaba.  Cuando  apenas  llevaba  un  rato


            leyéndolo, se llevaba la mano al corazón y empezaba a

            llorar.  Después  levantaba  a  Neo  de  la  cuna  y  lo

            apretaba contra su pecho.


                  Su  madre  decía  que  era  imposible  que  recordara


            eso, porque Neo era demasiado pequeño, poco más de

            un año, y todo el mundo sabía que hasta por lo menos

            los tres años los críos no se acuerdan de nada. Pero Neo



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