Page 664 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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porque él tampoco sería nada, le entraban pálpitos y

            sudores fríos.


                  Entró  en  la  habitación  de  su  madre,  detrás  de


            Cadmia.  Cleopatra  estaba  en  la  cama,  incorporada  y

            con la espalda apoyada en gruesos almohadones. Tenía


            el  pelo  negro  suelto  sobre  los  hombros  y  estaba  tan

            pálida que no necesitaba maquillaje. Neo no pensó en

            eso, tan sólo en que la veía tan guapa como siempre.


            Un pequeño daimon en su interior le dijo que debería

            odiarla por tratarle tan mal, pero era incapaz, así que

            se acercó a la cama para abrazarla.


                  Alguien se interpuso en su camino, sonriente. Era


            Ego. Aún tenía el labio y la nariz hinchados, aunque,

            según le había contado Cadmia, «por suerte para ti no


            le has roto la nariz». Entre los pelos de la ceja izquierda

            le  asomaban  unas  puntadas  negras.  El  hijo  de

            Alejandro sonrió y le tendió la mano.



                  —Te perdono, primo —dijo con la voz atiplada que

            adoptaba cuando quería fingir que era lo que debería

            ser, un mocoso de seis años.


                  Con Ego de por medio, Neo no podía acercarse más


            a la cabecera de la cama para darle un beso a su madre,

            y  ella  no  hizo  ademán  de  pedírselo.  Al  contrario,

            acarició los cabellos de Ego y dijo:



                  —Lo siento, Neo, pero aunque tu primo haya tenido




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