Page 665 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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la generosidad de perdonarte, hasta que no tenga la
cara curada del todo no te levantaré el castigo.
—Eres demasiado dura con él —dijo Roxana desde
un extremo de la alcoba. Estaba de espaldas junto a una
mesa, por lo que Neo no podía ver lo que hacía. La
bactria se volvió hacia la cama. Su perfil era tan
hermoso que Neo, que llevaba días sin verla, se dio
cuenta de que estaba enamorado de ella.
¡Y además, le defendía! ¿Cómo una mujer tan
maravillosa podía tener un hijo como Ego?
—Algún día gobernará. Debe saber que sus actos
tienen consecuencias —respondió Cleopatra.
Neo tragó saliva. Era demasiado pequeño para
sobrellevar con estoicismo y paciencia la injusticia, y se
le había hecho un nudo en la garganta.
Roxana se acercó a la cama y le dio a Cleopatra un
cuenco humeante que ella misma había removido con
una varita de marfil.
—No sé si Néstor te habría servido para algo —
dijo—, pero desde luego ese médico que te está
atendiendo es un inepto que mejor haría en dedicarse
a cuidar camellos. Yo también perdía sangre en el tercer
mes de embarazo. Tenía que guardar reposo y no
moverme de la cama.
—¿También tenías fiebre? —preguntó Cleopatra.
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