Page 687 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—¿Tienes miedo?


                  —¿Bromeas? —Crátero le palmeó la espalda hasta

            que  pareció  satisfecho  con  el  resonar  de  las  piezas


            metálicas de su coraza. Después se frotó las manos—.

            Estoy  deseando  que  llegue  el  momento,  mi  querido


            Pérdicas.  Si  nos  vencen,  será  un  fin  glorioso  para

            nuestra carrera. Y si ganamos, me quedaré con la casa

            de nuestro amigo Escipión y haré que me sirvan una


            cazuela de sesos de dictador en salsa de silfio.


                  En  ese  momento  se  oyeron  cascos  de  caballos.

            Pérdicas  desenvainó  la  espada,  temiéndose  una

            traición, pero el hombre que se adelantó hasta las luces


            de  la  Villa  Pública  era  Gayo  Julio,  y  llevaba  ambas

            manos levantadas.


                  —¡Paz!



                  Esta vez el patricio venía armado, con una coraza de

            cuero,  una  vistosa  capa  blanca,  un  yelmo  de  cimera

            emplumada  y  la  espada  cruzada  sobre  el  costado


            izquierdo. Los legionarios de a pie, sin embargo, se la

            ceñían  al  lado  derecho.  En  teoría  así  resultaba  más

            incómodo  desenvainarla.  En  la  práctica,  Pérdicas


            sospechaba que tenían sus motivos.


                  —Os traigo a los prisioneros que custodiaba en mi

            casa —les explicó Gayo Julio—. Quiero que sepáis que


            lo que ha ocurrido me indigna más que a vosotros.




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