Page 690 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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negro que a él mismo le sorprendió—. Aunque deben
tener cuidado para que no se les meta tierra debajo de
la ropa.
—Pero, tío, lo que les van a hacer es terrible —dijo
Gavanes con gesto consternado.
—¿Y qué te esperabas, sobrino? Le está bien
empleado a ese medicucho. Me parece un castigo
indulgente para alguien que ha metido su pan en el
horno del rey —dijo Pérdicas, regodeándose en su
propio cinismo. Gavanes enrojeció y agachó la cabeza.
Pero ¿es que ese muchacho no iba a espabilar nunca?
Cada vez que mencionaba el sexo se ruborizaba como
una doncella.
Mientras hablaban, entre la Villa Pública y la
muralla se había ido congregando una muchedumbre.
Aunque la noche era oscura como boca de lobo, a la luz
de las antorchas que traían se distinguían sus armas:
garrotes, mazos, guadañas, bieldos. Estaban
interceptando el camino por el que pensaban marchar
los macedonios para rodear la muralla y tomar la Vía
Junia.
—Son clientes del dictador —les informó Gayo
Julio—. Debe haberlos mandado para dar la impresión
de que es todo el pueblo romano el que quiere
expulsaron de la ciudad. De forma espontánea, por
supuesto.
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