Page 691 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—¿Nos atacarán? —preguntó Pérdicas, calculando
que había más de trescientas personas.
—No creo que se atrevan —respondió el tribuno—.
Pero es una locura. La guerra es asunto de soldados con
uniforme y estandarte. Ahí hay hasta esclavos,
proletarios de la Subura y proxenetas del Sumenio.
¿Cómo se le ocurre a un patricio mandar a una chusma
como ésa para hostigar a unos nobles? —preguntó con
gesto de asco.
En ese momento la masa humana se separó para
abrir un corredor en el centro del camino y dejar paso
a cuatro jinetes que enarbolaban en alto sus cetros y un
estandarte con una tosca imagen del Zeus de los
romanos. Pérdicas suspiró aliviado. No sentía el menor
deseo de abrirse paso por la fuerza. Un miembro de los
Compañeros no podía obtener ninguna gloria abriendo
cabezas entre aquella turba, y si en cambio resultaba
muerto o herido sería una ignominia.
Los cuatro jinetes que se acercaban a la Villa Pública
eran feciales, una especie de heraldos. En el viaje a
Roma ya los habían escoltado. El que venía en cabeza
desmontó al llegar ante el edificio. Era un hombre de
unos treinta años, moreno y de complexión maciza.
Pérdicas lo recordaba. Se llamaba Trémulo; se había
quedado tan sólo con ese nombre, pues recordar los
tres o cuatro que usaba cada romano le resultaba
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