Page 694 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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De pronto se le ocurrió algo en lo que no había
reparado. ¿Y si Escipión, que le había contado la
historia de la Vestal, era el amante secreto de Minucia?
La idea parecía absurda, pero por algún motivo, tal vez
porque las emociones de esa noche interminable
estaban corroyendo los cimientos de su lógica, se
convenció de que tenía que ser así. Esa forma de
rechinar los dientes y acusar a la joven de un crimen
contra Roma no podía ser otra cosa que un reproche
hacia él mismo. Sí, Escipión era un sacrílego, un traidor
por lujuria a su propia ciudad y se merecía más que
ellos ser enterrado vivo.
No, no, no. Néstor también se lo merecía. Estaban
en guerra, y él había cometido la frivolidad de tomarse
la situación como un juego. Él y Clea eran prisioneros,
rehenes, supervivientes de una sangrienta batalla, no
huéspedes de honor como las atenciones de Gayo Julio,
Escipión y Julia les habían hecho creer. En las guerras
había sangre, hierros fríos que se clavaban en el cuerpo
y hurgaban las entrañas, cuellos degollados,
estrangulados o aplastados por piedras, vísceras
esparcidas y aplastadas por el suelo, carne quemada,
piel arrancada, hombres empalados, mujeres violadas
y vendidas, niños esclavizados.
Y hasta inocentes ofrecidos como expiación a los
dioses.
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