Page 695 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Néstor sacudió la cabeza y se mordió los labios para
detener la catarata de horrores que acudía a su mente.
Las víctimas de las atrocidades que imaginaba tenían
el rostro y el cuerpo de Clea, pero, inexplicablemente,
seguía sin sentir miedo por él mismo. Ignoraba la
razón, si tenía que ver con los recuerdos que le faltaban
(tal vez antes de sufrir la amnesia había sido un
valiente guerrero del Septentrión que no temía a la
muerte), o más bien era pura apatía e insensibilidad.
Quizá en el fondo de su alma albergaba una
sensación de finalidad que le hacía creerse
invulnerable: estaba aquí para algo, aún tenía que
cumplir una misión, luego no podía morir de una
forma tan inútil y absurda.
¿Te parece poco, se dijo, haber salvado a Alejandro
y haber cambiado el futuro (ahora ya el pasado) de
tantas personas? Sin duda las miles de víctimas vivas y
muertas de Alejandro empuñarían con gusto la pala
para contribuir con un buen puñado de tierra a
sepultarlo en el Foro Boario. Pero, argumentó otra voz,
¿y las personas que se habían salvado gracias a que
Alejandro seguía vivo, gracias a las guerras que sus
actuaciones o su mera presencia habían evitado? ¿Y los
ciudadanos que habían prosperado gracias a sus
reformas, que no habían muerto de hambre merced a
sus carreteras, sus puertos, sus nuevas rutas
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