Page 693 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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pared, con las piernas dobladas y la espalda inclinada
hacia delante para reducir al mínimo el contacto con la
piedra, que destilaba humedad. Era de piedra albana,
una toba volcánica que abundaba en Roma y era barata
y fácil de trabajar, pero que debido a su estructura
porosa se impregnaba de agua. Del sumidero del
centro subía olor a cloaca, aunque no tan hediondo
como se había temido Néstor; lo que interpretó como
indicio de que la celda inferior no se utilizaba desde
hacía tiempo.
Clea se había sentado entre las piernas de Néstor.
De esa manera él le cubría la espalda con su pecho y la
rodeaba con los brazos; ambos obtenían calor del
cuerpo del otro y, sobre todo, compañía. Néstor movía
las manos para acariciarla y frotarle todo el cuerpo, y
ella le agarraba las manos y apoyaba su mejilla contra
el pecho y la cara de él, pero no había ningún erotismo
en aquel contacto. Tan sólo trataban de asegurarse de
que el otro seguía allí, de recordar que no se habían
quedado solos en aquella insoportable oscuridad.
Clea sabía lo que les esperaba, pues había
escuchado la traducción de las palabras del decenviro.
Pero Néstor tenía la impresión de que no acababa de
comprender en todo su horror lo que les iba a pasar. No
conocía la historia de Minucia, y él no tenía ninguna
intención de sacarla de su ignorancia.
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