Page 723 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Perdona que te corrija, Alejandro, pero eso es lo

            mismo  que  se  ha  dicho  siempre.  También  se  dijo


            cuando Darío y Jerjes pidieron sumisión a mi patria.


                  Alejandro se frotó los ojos.


                  —Éstos son más turbulentos de lo que crees, Areo.

            Voy a contarte algo, y confío en que no lo compartas


            con nadie. Ni siquiera con tu almohada.


                  —¿Almohada?  ¿Qué  es  eso?  Recuerda  que  soy

            espartano.


                  Alejandro se inclinó hacia adelante y miró fijamente


            a  Areo.  Lisanias  ya  no  sabía  si  veía  o  no  veía;  no  le

            parecía  oportuno  ponerse  entre  ambos  y  agacharse

            para examinarle las pupilas.



                  —Dime, Areo, de rey a rey, ¿puedo confiar en ti? —

            insistió  Alejandro,  con  ese  tono  de  voz  que  usaba

            cuando quería hacer sentir a su interlocutor que era la


            persona más importante del mundo.


                  —Por  supuesto  —contestó  Areo,  repentinamente

            serio.


                  Alejandro le contó casi en susurros la historia del


            cometa  Ícaro.  Y  supo  hacerlo  con  tal  convicción  que

            Areo,  miembro  de  la  raza  impasible  de  los

            lacedemonios, apenas respiró mientras le escuchaba. El


            propio Lisanias, que durante días se había olvidado de

            la  amenaza,  volvió  a  sentir  aquel  temor  que  se  le



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