Page 724 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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aferraba a los intestinos.


                  Cuando  Alejandro  terminó  de  explicar  que  el

            cometa iba a chocar contra Gea el próximo invierno, y


            en concreto el día 12 del mes de peritio, Aseo respiró

            hondo, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.


            Era un hombre joven e impulsivo, pero inteligente, y

            había comprendido los razonamientos del macedonio,

            una versión simplificada de los del propio Euctemón.


                  —Ahora que te he contado esto, te diré lo siguiente


            —dijo  Alejandro—.  Eres  libre  de  tomar  a  tus

            cuatrocientos hombres y marcharte de aquí. Te daré los

            barcos para volver a Grecia mañana mismo, si quieres.


            Pero si no quieres, sólo si no quieres, si prefieres librar

            la última batalla de esta era con tus hombres en lugar


            de sentarte en tu hogar junto al fuego a esperar que el

            invierno nos traiga la destrucción, entonces...


                  Alejandro se interrumpió, se puso de pie y se giró


            hacia la mesa. Aprovechando que estaba de espaldas a

            Areo, Lisanias le acercó la copa de vino a la mano.


                  —Entonces,  ¿qué,  Alejandro?  —preguntó  Areo,

            levantándose él también.


                  Alejandro le hizo un gesto para que se acercara, y


            cuando lo tuvo al lado le echó la mano sobre el hombro.

            Lisanias se tapó la boca para que no vieran su sonrisa


            irónica  al  ser  testigo  una  vez  más  de  cómo  su  rey




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